jueves, 16 de agosto de 2018

La izquierda y nuestra obligación de un solo estándar en derechos humanos

Estimad@s, les comparto un texto que escribí a propósito de los debates que estamos teniendo como sociedad en materia de derechos humanos. Por cierto, es una opinión personal que no pretende arrogarse la representatividad de ninguna organización, sino más bien contribuir a la discusión que sobre este tema debemos tener en la izquierda.

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Los últimos días han tenido lugar importantes debates para nuestro país en materia de derechos humanos y memoria que nos han interpelado como sociedad entera. La sentencia que otorga libertad condicional a criminales de la dictadura cívico militar y las afirmaciones del ex y breve ministro de Cultura Mauricio Rojas tildando al museo de la Memoria como un "montaje" cuyo objetivo sería "impactar al espectador, dejarlo atónito impedirle razonar..." y que haría un "uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional" generaron una ola de críticas provenientes principalmente del mundo de la cultura y las artes, acompañados por una parte de la política chilena. Pero además sus afirmaciones concitaron el apoyo de parte importante de la derecha chilena (sin ir más lejos, los presidentes de los partidos más importantes del sector, la UDI y RN respaldaron las afirmaciones de Rojas).

Lo anterior da cuenta de una herida que sigue abierta en la sociedad chilena. Porque no ha habido suficiente verdad ni suficiente justicia. Porque todavía tenemos cientos de desaparecidos y desaparecidas. Porque los presos políticos y torturados nunca fueron reparados como corresponde. Porque hay un sector de la sociedad chilena que de tanto en tanto nos notifica que si se volviera a repetir el contexto, volverían a actuar como actuaron.

Pero el objetivo de estas líneas es otro. Quiero reflexionar sobre cómo desde la izquierda abordamos el problema de los derechos humanos más allá de nuestras fronteras. Evidentemente este no pretende ser un texto concluyente, sino un aporte a un debate que nos conflictúa, pero que es necesario abordar.

La premisa básica para mí es la siguiente: Los derechos humanos deben ser respetados universalmente y su violación debe ser condenada sin matices, independiente de quienes sean las víctimas y los victimarios.

Si bien existe una discusión abierta sobre cuáles deben ser considerados como derechos humanos, existe un relativo consenso en que al menos los derechos llamados "civiles y políticos" (a la vida, a la no discriminación, a no ser sometido a esclavitud ni servidumbre, a no recibir daños ni torturas, a no ser detenido arbitrariamente, a la presunción de inocencia, a la privacidad, a la libre circulación, a buscar asilo y a tener una nacionalidad, a la libertad de pensamiento, conciencia, religión, opinión y expresión, y a participar en la vida política), y los "económicos sociales y culturales" (a la alimentación, a la educación, a la salud, a la vivienda, a la cultura y a la ciencia, y al trabajo y al descanso) entran esta categoría. En el último tiempo se han desarrollado también los "derechos de tercera generación" que han sido caracterizados como "derechos de los pueblos" (al desarrollo sostenido, a la autodeterminación, a la paz, a la protección de datos personales, al patrimonio común de la humanidad, a gozar de un medioambiente sano).

Como resulta evidente de la lectura del catálogo de derechos considerados como "derechos humanos", parte importante de los Estados nacionales viola permanentemente muchos de ellos. Esto ha llevado a que se vuelva común la utilización de altisonantes condenas selectivas a la violación de ddhh como herramienta de política interna. Así, la derecha de manera permanente interpela a la izquierda por la violación de ddhh en Cuba o Venezuela mientras relativiza la violación de ddhh ocurrida en Chile durante la dictadura de la que fueron parte exigiendo "contexto", y por su parte, un sector de la izquierda interpela permanentemente a la derecha por su complicidad con las dictaduras del cono sur latinoamericano de la segunda mitad del SXX, pero no es capaz de reconocer la restricción de libertades o violaciones a los ddhh cuando estas son realizadas por gobiernos que considera afines.

Para ser más claro y no extenderme más de la cuenta en lo que pretendo sea un texto para marcar una posición política y no un trabajo académico, tengo la convicción de que tal como condenamos la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura (y también hoy día, por ejemplo con la criminalización del pueblo mapuche, o con el trato que el actual gobierno le está dando a parte de la población migrante), los golpes "blancos" en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de Estados Unidos, debemos desde la izquierda con la misma fuerza condenar la permanente restricción de libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela.

¿Ser crítico del gobierno de Maduro significa necesariamente estar con el sector golpista de la oposición venezolana? ¿Condenar la violenta represión estatal en Nicaragua significa validar los asesinatos cometidos por bandas armadas contra militantes sandinistas? ¿Decir que el modelo de partido único de Cuba donde no hay libertad de expresión no debe ser nuestro modelo a seguir significa transformarse en un pseudo-agente de la CIA? ¿Dudar respecto a nuestras propias convicciones y tradiciones nos transforma en cobardes?

No. Categóricamente no. Desde la izquierda, el Frente Amplio, y en particular el Movimiento Autonomista, no podemos permitirnos continuar con el doble estándar en esta materia, ni escudarnos en el principio de autodeterminación de los pueblos para justificar violaciones a los derechos humanos contra esos mismo pueblos.

Hay algunos que a cualquiera que plantee estas reflexiones inmediatamente lo llenarán de epítetos y descalificativos. Yo no estoy dispuesto a seguir en esa lógica que obliga al silencio y acalla las dudas. Creo profundamente en una izquierda socialista democrática y libertaria, que se enfrente al neoliberalismo sin complejos y que sea capaz de proponer una alternativa al sistema que hoy condena a la mayoría del pueblo a vivir para trabajar en condiciones de incertidumbre permanente. Pero para eso tenemos que hacernos cargo de este mínimo, que los derechos humanos se deben respetar siempre, en cualquier contexto y sin ninguna excusa.

Sino corremos el riesgo de ser un reflejo del espejo que toda nuestra vida hemos criticado.

Con la esperanza intacta...

Un abrazo

viernes, 3 de agosto de 2018

Acabar con todo, a lo Octavio Paz

Estaba escuchando el podcast de Camila Moreno "Diario Nocturno", y en el capítulo en que entrevista a Ximena Sariñana (actriz  y cantautora mexicana), Camila lee el poema "Acabar con todo" de Octavio Paz. A veces me dan ganas de acabar con todo, pero nunca había podido expresarlo así, en un desierto sin orillas, caminando junto al tiempo entre la muerte.

Por cierto, les recomiendo escuchar el podcast de Camila Moreno aquí



Acabar con todo
Octavio Paz

Dame, llama invisible, espada fría, 
tu persistente cólera, 
para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
oh mundo desangrado, 
para acabar con todo. 

Arde, sombrío, arde sin llamas, 
apagado y ardiente, 
ceniza y piedra viva, 
desierto sin orillas. 

Arde en el vasto cielo, laja y nube, 
bajo la ciega luz que se desploma 
entre estériles peñas. 

Arde en la soledad que nos deshace, 
tierra de piedra ardiente, 
de raíces heladas y sedientas. 

Arde, furor oculto, 
ceniza que enloquece, 
arde invisible, arde 
como el mar impotente engendra nubes, 
olas como el rencor y espumas pétreas. 
Entre mis huesos delirantes, arde; 
arde dentro del aire hueco, 
horno invisible y puro; 
arde como arde el tiempo, 
como camina el tiempo entre la muerte, 
con sus mismas pisadas y su aliento; 
arde como la soledad que te devora, 
arde en ti mismo, ardor sin llama, 
soledad sin imagen, sed sin labios. 
Para acabar con todo, 
oh mundo seco, 
para acabar con todo.

viernes, 6 de julio de 2018

Gabriela

Estaba revisando viejos libros de mi abuelita y me encontré con "Lagar" de Gabriel Mistral, regalado por quien parece haber sido un amante, según deduzco de la dedicatoria a pluma de Febrero de un lejano 1955. En él, el poema que abre el libro es "La otra", hermoso y desgarrador, aunque también con una esperanza algo oculta, que me pareció bonito compartir.




La otra

Una en mí maté: 
yo no la amaba. 

Era la flor llameando 
del cactus de montaña; 
era aridez y fuego; 
nunca se refrescaba. 

Piedra y cielo tenía 
a pies y a espadas 
y no bajaba nunca 
a buscar «ojos de agua». 

Donde hacía su siesta, 
las hierbas se enroscaban 
de aliento de su boca 
y brasa de su cara. 

En rápidas resinas 
se endurecía su habla, 
por no caer en linda 
presa soltada. 

Doblarse no sabía 
la planta de montaña, 
y al costado de ella, 
yo me doblaba... 

La dejé que muriese, 
robándole mi entraña. 
Se acabó como el águila 
que no es alimentada. 

Sosegó el aletazo, 
se dobló, lacia, 
y me cayó a la mano 
su pavesa acabada... 

Por ella todavía 
me gimen sus hermanas, 
y las gredas de fuego 
al pasar me desgarran. 

Cruzando yo les digo: 
Buscad por las quebradas 
y haced con las arcillas 
otra águila abrasada. 

Si no podéis, entonces, 
¡ay!, olvidadla. 
Yo la maté. ¡Vosotras 
también matadla!




















jueves, 5 de julio de 2018

Cuidarnos

Iba caminando por la calle junto a mi compañera y un señor de unos 55 años con un poddle al pasar al lado mio me dice "que desagradable verte". Me doy vuelta y le pregunto por qué. Me dice algo así como "porque eres político de mierda, dices puras estupideces, generas caos y me desagrada verte en la misma vereda que yo". Me le acerqué en actitud Gary Medel de "qué sucede", y si no es por mi compañera que me obligó a salir de ahi la cosa no hubiese andado bien.
Esta misma semana, José Antonio Kast increpó públicamente a una compañera de trabajo, exponiéndola públicamente y acusándola de ser una suerte de marioneta de oscuras intenciones en la movilización feminista (negándole convicciones propias), cuestionando que tuviera 32 años y estuviera "recién" en 2do año de Ingeniería Comercial, además de acusarme de corrupción por el hecho de que trabaje medio tiempo en nuestro equipo.
A su vez diariamente recibo varios mensajes del estilo de las fotos adjuntas, con variaciones alusivas a mi físico, a mi familia, y de insultos varios. Todas estas cosas, por muy acostumbrado que uno esté, van dañando de a poco por dentro.
No cuento esto con ánimo de victimizarme. Se que la pega que tengo y la lucha que estamos dando colectivamente tiene costos (preocupémonos si algún día le somos cómodos a todo el mundo). Pero si quiero hacer un llamado a nuestros compañeros y compañeras a cuidarnos entre todos, a querernos. Mientras más avancemos más violencia recibiremos por parte de quienes se sientan amenazados por nuestras ideas y propuestas, violencia que viveremos de diferentes formas, por redes, verbal o incluso física. No la naturalicemos, pero a la vez aprendamos a cuidarnos, a cultivar una cultura de militancia en donde las discrepancias se planteen de manera fraterna, donde la ironía quede fuera y donde nunca perdamos de vista que nuestr@s adversarios están fuera y no entre nosotr@s mismos.

Y por cierto, no seamos como ellos (quienes insultan y denigran) desde nuestra propia vereda.

Con la esperanza intacta...







jueves, 17 de mayo de 2018

Marea feminista

Yo era de esos hombres que en el colegio (y en algunos casos bien avanzado en la Universidad, osea, hasta hace no tanto tiempo) decía "que niñita" cuando quería reprochar a alguien su falta de arrojo, de los que trataba de "madres" con tono de insulto a los hinchas de la U, y de los que afirmaban con orgullo que no jugaría winning con mujeres, ni menos un partido de fútbol de verdad. Cuando me preguntaban qué hacia mi mama, respondía automáticamente "nada, es dueña de casa" porque no me daba cuenta que el trabajo reproductivo que realizaba día a día era el que nos permitía a los 4 hombres de la familia hacer con naturalidad nuestras actividades. Más de una vez me burlé del lenguaje inclusivo y en mi militancia política levanté el tono en muchas asambleas para imponer mi argumento, o miré el celular cuando una compañera hablaba. En una ocasión incluso, siendo ya diputado, inconcientemente ningunié a una compañera comentando con otro hombre que esperaba más de ella, pese a que en ese momento era estudiante, madre, trabajadora y además había asumido un cargo de responsabilidad política en nuestra organización. Nunca fui de decir piropos, pero en más de una oportunidad me sentí con la libertad de comentar en un espacio público sobre el cuerpo de una compañera sin su consentimiento.
Algunos creen que para ser machista hay que haber golpeado o acosado/abusado sexualmente a una mujer. Que el todo el resto son solo "pequeñas humillaciones" y que las feministas "le están dando color". Yo creo que no, que nos están enseñando después de muchos muchos años de violencia naturalizada que tienen el mismo derecho a desplegarse en el mundo con libertad. Sin miedo. Humanamente diferentes pero socialmente iguales (como a principios de siglo ya afirmaba Rosa Luxemburgo). Y eso también es una lucha de poder.
Hoy soy conciente que ser hombre trae consigo una serie de privilegios que son sencillamente injustos. Y que por lo tanto ya no basta con solidarizar con nuestras compañeras que han liderado esta lucha, no basta con decir que apoyamos, ni declararse nominalmente feministas. Tenemos también, como hombres, que despercudirnos de nuestros privilegios que hemos heredado por el solo hecho de ser hombres. Y no va a ser fácil, pero creo que es la manera más honesta de hacernos parte, sin pretender una vez más ser protagonistas, de este cambio epocal que estamos viviendo.
Hoy entiendo el valor del trabajo reproductivo, juego fútbol con una amiga, creo que el acoso callejero es violencia y respeto el doble a mis compañeras de militancia. Y aunque creo haber avanzado, no tengo cara para decir que soy feminista con todo el machismo que aun vive conmigo. Pero me comprometo compañera, a dar lo mejor de mi para erradicarlo y poder acompañar en este momento histórico. En segunda fila, pero con la convicción y esperanza de que en estos tiempos se está jugando la posibilidad de un mundo más justo e igualitario.
Gracias por tanto a las mujeres que hoy están cambiando para siempre nuestra sociedad.


miércoles, 17 de enero de 2018

¿Qué significa ser “oposición”?

Les comparto columna que me publicaron el 17 de Enero del 1018 en el Clinic con una reflexión sobre qué es lo que significa para el Frente Amplio ser oposición al futuro gobierno de Piñera. Un abrazo!

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Los términos binarios a los que nos hemos acostumbrado en la política chilena desde el retorno a la democracia deberán necesariamente actualizarse. Chile ya no es binominal y ello sin duda es una buena noticia para la representatividad de nuestra desprestigiada política institucional. Esto es producto de la emergencia del Frente Amplio como alternativa política con representación social y parlamentaria, cuya consolidación es una de las tareas a la que los frenteamplistas deberemos dedicar mucho trabajo y generosidad, para proyectar nuestro proyecto en el tiempo resguardando la  diversidad del mismo.

Y el escenario en el que nos tocará vivir nuestra primera etapa de existencia como coalición no será fácil: el segundo gobierno de Sebastián Piñera. En este contexto es relevante preguntarnos sin complejos qué rol queremos jugar en estos próximos 4 años. La respuesta no es obvia, porque pese a que la tentación podría ser afirmar ramplonamente que vamos a ser una “oposición dura al gobierno de derecha”, creo que el asunto es de mayor complejidad. 

Lo primero a identificar es la pulsión que ya se ha manifestado por parte de algunas organizaciones de la actual Nueva Mayoría de armar una gran alianza contra la derecha, que abarque desde la DC hasta el Frente Amplio. Alianzas que solo tienen en común al adversario y se pactan por arriba sin mediar procesos sociales y discusión política profunda están inexorablemente destinadas al fracaso. No nos olvidemos que como Frente Amplio fuimos críticos de parte importante de la agenda nuevomayorista y hasta ahora no han existido conversaciones serias para abordar esas diferencias. Somos proyectos distintos y es importante que cada uno tenga su propio proceso de reflexión. La recomposición de la política de alianzas en Chile es algo que tomará tiempo y mucho debate, pero no se decretará por la prensa ni en la ansiedad por la negociación de uno u otro efímero cargo.

Dicho lo anterior, es evidente que con Piñera y su coalición tenemos profundas diferencias políticas y de concepciones de mundo. Mientras la derecha chilena cree que el mercado (lo menos regulado posible) es el mejor asignador de prioridades y recursos, en el Frente Amplio tenemos la convicción que hay esferas de la vida que deben estar sustraídas del ámbito comercial, y ser aseguradas como derecho a partir del cual no es razonable hacer negocio. La determinación y extensión de estas áreas y el carácter de su provisión es un punto de debate permanente, pero al menos educación, salud, pensiones y vivienda entran en esta categoría.

Pero no basta con señalar nuestras diferencias, tenemos que ofrecer alternativas. Una de las lecciones que hemos aprendido del gobierno de la Nueva Mayoría es que la improvisación a la hora de diseñar e implementar políticas públicas atenta directamente contra sus posibilidades de éxito y apoyo popular. En ese sentido será nuestro deber no sólo decir que no a los intentos de la derecha por profundizar la mercantilización de nuestras vidas, sino paralelo a ello comenzar desde ya a elaborar profesionalmente, más allá de las consignas, nuestras propuestas. 

Por otra parte, la idea de “oposición” en mi opinión es muy reduccionista de la función que una fuerza política que no está en el ejecutivo debe cumplir. No podemos quedarnos en la reacción a las iniciativas del gobierno, tampoco basta con la elaboración de políticas públicas alternativas a las que surjan de la derecha. Tenemos que instalar nuevos temas en el debate, tanto producto de nuestras reflexiones como fuerza política con autonomía como del permanente diálogo que debemos tener con los movimientos sociales y los territorios en los que estamos insertos.

La democratización de las consecuencias de la revolución tecnológica, en particular lo relativo a la destrucción de empleos tradicionales y la concentración del capital, el feminismo y la agenda de género, la situación de la población penal, las nuevas inmigraciones, el desarrollo de nuestras zonas extremas y aisladas, qué y cómo estamos enseñando en nuestros liceos y universidades (y no solo la institucionalidad que rodea el proceso educativo), una política respecto a nuestros pueblos originarios que asuma la pluri-culturalidad de nuestro país, la institucionalidad que requiere el cuidado y estudio de nuestras áreas silvestres protegidas, entre muchos otros temas que en algún momento habrá que priorizar, debieran ser desarrollados e impulsados por el Frente Amplio independiente de la agenda del gobierno.

El concepto de ser opositores también resulta muy estrecho para entender que hay ciertos temas en los cuales las diferentes fuerzas políticas más allá de nuestras legítimas diferencias, tenemos el deber de llegar a acuerdos transversales y duraderos. El ejemplo más claro de esto es la crisis del SENAME: 1313 niños y niñas muertos que no deberían haber muerto y que se encontraban directa o indirectamente bajo la responsabilidad del Estado (ya sea vinculados a programas ambulatorios o internados en hogares de residencia estatales o en organismos colaboradores privados) debieran ser argumento suficiente para dejar los conflictos y agendas particulares de lado y abocarnos de lleno  a construir un consenso sobre la reforma que el SENAME necesita con un profundo sentido de urgencia. 

De seguro existen otros temas en los que se pueden explorar y construir puntos de convergencia para sacarlos adelante y será tarea del todos el tener la voluntad para encontrarlos y trabajarlos.

Finalmente, algo que como Frente Amplio no podemos olvidar es que la política no es solo lo que sucede en los pasillos o comisiones del Congreso, y que construir una fuerza con capacidad de realizar transformaciones estructurales en nuestro país requiere mucho más que una política electoral y parlamentaria. Nuestro despliegue en los territorios, participación en los movimientos sociales (sin jamás instrumentalizarlos ni suplantarlos) y consolidación de nuestras organizaciones más allá de los tiempos institucionales debe ser una tarea prioritaria para todos quienes nos identificamos como frenteamplistas.

El desafío es grande. Se vienen tiempos interesantes. 

martes, 9 de enero de 2018

La necesidad de un debate ideológico.

Ayer en una entrevista dije que el Frente Amplio debía tener un proceso de debate equivalente al que tuvieron las distintas corrientes del socialismo chileno desde comienzos de los '80 en lo que se conoció como "la renovación socialista", y que la izquierda del Siglo XXI tenía que despercudirse del estatismo como pilar de nuestra forma de ver el mundo. Además afirmé que para que un debate de estas características fuera posible era necesario salir de las lógicas sobreideologizadas de espacios como el CONFECh.

Estas declaraciones fueron replicadas por otros medios y dieron pie a una polémica en la que desde algunos sectores se me acusó pretender emular las conclusiones (y consecuencias) de la renovación socialista de los '80. Esto como es clásico de los "debates" de redes sociales, acompañado de todo tipo de adjetivos y suposición de intenciones.

Quienes cumplimos roles públicos tenemos el deber de argumentar nuestras posiciones, presentarlas y desarrollarlas, para que enfrentadas al debate público, estas puedan desplegarse o hundirse, según corresponda a su propio peso. Lo importante es que este debate se dé sin caricaturas, haciéndose cargo de las críticas que sean de buena fe. En ese sentido estas líneas tienen como objetivo defender la necesidad de un debate ideológico al interior del Frente Amplio que sea capaz de cuestionar los dogmas del pasado en cuanto dogmas, abordando los desafíos que presenta el nuevo escenario político nacional y global. En un próximo texto abordaré algunos de los contenidos que creo debiera tener ese debate, y en particular por qué creo necesario “desestatizar” nuestra visión de mundo, sin que ello implique una renuncia ante la pretensión de omnipotencia del mercado.

En primer lugar parto por reconocer que mi referencia al CONFECh fue desafortunada. Lo fue porque la interpretación obvia que se desprende de mis palabras es una "quitada de piso" al movimiento estudiantil, lo que está muy lejos de ser mi intención. El movimiento estudiantil ha sido uno de los pilares de las luchas sociales de los últimos años en Chile, cambiando el eje del debate público, evidenciando las contradicciones y falencias del modelo chileno centrado en la expansión del negocio privado al alero del Estado y en convertir lo que debieran ser derechos en bienes de consumo, y proponiendo alternativas para superarlo. Desarrollar aquí la importancia del movimiento estudiantil sería largo y no es el motivo de este texto, pero quienes nos formamos al calor de sus luchas desde el 2001 hasta hoy, no podemos sino apoyarlo en sus desafíos actuales.

Mi referencia a la sobre ideologización del CONFECh decía relación con que el carácter del debate y la correlación de fuerzas que existe al interior del mundo político universitario ha estado desgraciadamente muy ajeno a la realidad nacional en los últimos años. No existe una derecha seriamente organizada (tampoco lo que se conoce como “centro”), el archipiélago de las diferentes organizaciones de izquierda es incomprensible incluso para los propios estudiantes y la incapacidad endémica de enfrentar la violencia antidemocrática de pequeños grupos con pretensiones de vanguardia que por lo general se esconden en un cómodo anonimato (pero que perjudican a todo el movimiento e incluso a trabajadores/as), desde mi punto de vista ha contribuido a "emburbujar" y aislar al movimiento estudiantil.

Desde otra perspectiva esta crítica también puede ser pertinente para el mismo Congreso de la República. Una institución compuesta mayoritariamente por hombres (más del 80% en este período, y más del 75% en el que viene), que en su mayoría tienen Isapre, se atienden en clínicas privadas, ahorran mediante apv, tienen a sus hijos en colegios particulares pagados (7% del total de la matrícula) y vacacionan en los mismos lugares, no es precisamente representativo de la diversidad de la sociedad chilena.

Mi punto es que para dar un debate profundo no podemos ni caer el movimientismo atribuyéndole a los movimientos sociales una suerte de aura inmaculada que no se puede cuestionar, ni tampoco marearnos con instituciones como el Parlamento, reduciendo la política a su expresión institucional (la triste polémica por la presidencia de la Cámara es una buena advertencia de esto).

Dicho lo anterior paso a explicar mi referencia al proceso de renovación socialista.

En mi opinión desde el Frente Amplio, en particular quienes nos entendemos parte de la ancha tradición de la izquierda chilena, necesitamos un proceso de debate profundo (que puede durar incluso años), que permita darnos un marco ideológico común que dé coherencia a nuestro actuar y que sea acorde a los tiempos que nos toca vivir. Actualmente en el FA conviven distintas organizaciones, muchas de las cuales comparten lineamientos políticos pero que se encuentran dispersas producto de diferentes circunstancias, ya sea de identidad o lugar y momento de origen. Sin embargo en Chile no cabe tanta sigla para decir prácticamente lo mismo (¿alguien fuera del Frente Amplio podría señalar las diferencias por ejemplo entre el Movimiento Autonomista, Nueva Democracia, Izquierda Libertaria y Socialismo y Libertad?). 

La conformación del Frente Amplio fue un primer paso para contribuir a la representación política del malestar que se había estado incubando en el modelo de desarrollo chileno con todas sus contradicciones. Durante la campaña presidencial Beatriz Sánchez encabezó la gran tarea de convertir ese malestar en esperanza, y fueron cientos los frenteamplistas que se volcaron a construir un programa político que diera sustento a esta candidatura, recogiendo en muchas áreas demandas elaboradas desde los movimientos sociales producto de años de trabajo, luchas y debates. Pero el Frente Amplio aun no termina de cuajar. 

La preocupación que quiero plantear es que si no tenemos un debate de carácter ideológico profundo que nos dote de una lectura y marco común de acción, corremos el riesgo por un lado de ser un ente meramente reactivo, que se oponga a las iniciativas de otros pero sin capacidad de proponer nada en positivo más allá de generalidades, y por otro en convertirnos en unos bien-intencionados elaboradores de políticas públicas sectoriales sin coherencia entre ellas que dependan mucho de los técnicos y liderazgos de turno. 

Para poder hacer esto necesitamos hacernos muchas preguntas, cuyas respuestas van a requerir por cierto estudio y formación, pero también imaginación y audacia. 

¿Qué significa ser de izquierda en Chile hoy? ¿Cuáles son nuestros principios compartidos? ¿Cuál es el valor que otorgamos a la democracia? ¿Y a los derechos humanos? ¿Que evaluación tenemos de los gobiernos de la Concertación (incluido el primero de Piñera) y el de la Nueva Mayoría? ¿Cómo enfrentaremos la inevitable y permanente revolución tecnológica? ¿Cómo entendemos la integración regional y mundial? ¿Cuánta soberanía tienen hoy realmente los Estados-nación? ¿Cómo enfrentamos positivamente los procesos migratorios? ¿Cuál es el valor del trabajo y cómo redistribuimos la riqueza que entre todos generamos? ¿Podemos subordinar al gran capital? ¿En qué consiste un gobierno feminista? ¿Qué actitud y rol le cabe a los hombres en éste? ¿Cuál es el papel de la cultura en la sociedad y dónde se crea? ¿Cómo equilibramos desarrollo, igualdad y sustentabilidad del medio ambiente? ¿Cómo se descentraliza el poder? ¿Cómo se relaciona lo público con lo privado y cuál es el rol del Estado en la economía? ¿Qué es modernizar el Estado en serio? ¿Cómo fomentamos la innovación tecnológica? ¿Están nuestros liceos y universidades educando para el siglo XXI? ¿Qué tipo de organización necesitamos para los tiempos actuales? ¿Cómo se fomenta la participación en los debates públicos? ¿Cómo abordamos el envejecimiento de la población? ¿Se puede manipular genéticamente la vida? ¿Y postergar eternamente la muerte? ¿Qué posición tenemos ante el desarrollo de la inteligencia artificial?

Y así tantas preguntas que no tienen respuestas obvias ni fáciles, para las que no basta repetir lo que diga el último autor de moda o algún clásico.

En la izquierda existe una tendencia a sacralizar las posiciones, volviéndolas incuestionables y calificando de traidor a todo quien se salga del axioma. Yo quiero reivindicar el valor de la duda. De dudar de uno mismo y las convicciones propias, sin por ello dejar de defender con pasión las ideas que consideramos correctas. Dudar no es renunciar, sino más bien el ejercicio básico de todos quienes creemos que parte de la esencia de ser de izquierda es la rebeldía. Sin dudas no hay rebeldía, solo dogmas y sacerdotes.

Creo que el proceso de renovación socialista de los ’80 tuvo mucho de esto (y por eso la referencia en la mentada entrevista). No me siento identificado con sus conclusiones (más bien con sus consecuencias) porque en mi opinión terminó concediendo que no existía otro Chile posible que el que legaba la dictadura, resignándose a administrarlo y corregir sus excesos sin cuestionar su esencia de injusticia y desigualdad. No me siento interpretado por la tercera vía porque hizo de esferas que debieran ser públicas objeto de negocios, y contribuyó a la concentración de la riqueza y el poder en unos pocos. Pero pese a no compartir sus consecuencias si valoro el haber tenido la valentía de cuando las viejas verdades se derrumbaban, asumir la desnudez y sentarse a pensar de nuevo. Sospecho que la mayoría de quienes participaron de esos debates en los ’80 reivindican su necesidad pero son críticos de sus consecuencias, pero eso ya es otra historia (Moulian es de los primeros en advertirlo el '97 en su ya clásico "Chile actual: anatomía de un mito", e incluso antes Nelson Gutierrez ya denunciaba el carácter elitario y excluyente de la transición chilena en sus "Cuadernos de coyuntura"). 

Nuestro proceso no puede ser solo pensar, sino también actuar. Es en la acción donde mejor nos formamos políticamente y es al calor de la lucha donde la imaginación florece. Pero pensar y actuar deben ser complementarios. 

Siempre es más cómodo quedarse con las verdades conocidas y no cuestionarlas. Siempre resulta más fácil refugiarse en las consignas que ya gritamos antes que cuestionarlas. Pero esa comodidad es presagio de la derrota o peor aún de domesticación. Y no queremos un Frente Amplio domesticado, lo queremos rebelde y que nunca deje de dudar.