martes, 8 de noviembre de 2011

Intervención Coloquio "La crisis actual del sistema educacional en Chile en perspectiva comparada"



Estimados, ponga a su disposición el texto central de mi intervención en el coloquio realizado el día de ayer sobre la actual crisis del sistema educacional chileno organizado por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, donde tuve la oportunidad de debatir con el Rector de la Universidad Diego Portales, profesor Carlos Peña, el Sociólogo y académico de la Universidad, Manuel Antonio Garretón, y la académica del departamento de estudio pedagógicos de la Universidad, Leonora Reyes.


Un abrazo


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Muy buenos días.

Entiendo que mi rol, como dirigente universitario, en un coloquio de estas características, no es presentar un discurso abstracto ni descriptivo sobre el pasado y presente de la Educación Pública, sino tratar de abordar el actual momento que estamos viviendo en el país desde una perspectiva política y hacer el esfuerzo por esbozar cuales son las motivos y las proyecciones del actual movimiento que está sacudiendo la falsa normalidad que imperó en nuestro país durante tanto tiempo.

Pero para hacer esto, es necesario hacer un pequeño paneo histórico con el objetivo de tratar de explicar por qué hemos llegado a la crisis en que nos encontramos hoy, en particular desde la perspectiva de la evolución de la Educación Pública, y así de paso, hacerse cargo del tema por el cual hemos sido convocados a esta mesa.

En primer lugar, creo que es importante romper con el mito que pregona que el actual sistema de Educación Superior responde a una política de continuidad que se remonta desde mediados del siglo XIX. Porque si bien es cierto que el sistema chileno ha sido históricamente de provisión mixta (pública privada), la gran diferencia que existe entre sus bases históricas y el presente, es que éste tenía en sus orígenes y durante su desarrollo, una hegemonía pública que irradiaba a todo el sistema.

Y en algún momento hubo un viraje.

Un viraje que transformó radicalmente el rumbo de la educación chilena, y con ello, la forma de entender el desarrollo del país mismo. No señalo ninguna novedad cuando fijo como época de esta transformación la década de los 80, en particular en el Decreto con Fuerza de Ley N°1 de 1981 que trajo consigo el cercenamiento de las Universidades Estatales y la liberalización en la creación de nuevos Centros de Educación Superior desde una lógica de emprendimiento privado. Esta reforma, no está demás decirlo, sólo era posible (al igual que tantas otras de la época) en un contexto autoritario y donde no era posible la deliberación pública.

¿Que fue lo que cambió con esta reforma? ¿Qué perdimos?

En concreto, lo que se perdió, fue la posibilidad de control democrático de la educación. Porque de ahi en adelante, la manera predominante, de manera ascendente, que tiene la sociedad para incidir en el proceso educativo, es mediante el mercado. ¿Qué significa en concreto esto? Que frente a proyectos como el de Alicia Romo, Rectora de la Universidad Gabriela Mistral (“Ay Lucila, por qué te Engabrielaron”), la sociedad no tiene nada que decir. Entonces tenemos que frente a una Universidad que prohibe la formación de Centros de Estudiantes y Federaciones porque a su dueña le molesta la idea de “representación”, donde el ingreso de homosexuales no está permitido porque su dueña los encuentra “raros”, salvo claro, que “no tengan pretensiones”, donde la carrera de Medicina está descartada porque a su dueña no le gusta la sangre, y donde la mujeres no pueden usar faldas cortas ni los hombres pelo largo por una extraña mezcla de estética y moral (por cierto esto no lo etoy inventando sino que son declaraciones textuales de la Rectora el día Sábado en el Mercurio).

¿Como es esto posible?

Ella se escuda en su derecho de propiedad, que hoy por hoy, tiene una clara preeminencia sobre la dimensión pública de la Educación.

Pero este caso es solo la muestra de un exceso, y lo que nos importa aquí es la esencia del problema.

En definitiva, después de 1981, y bajo el amparo de la Constitución del 80, se comienza a instalar en Chile una hegemonía privada de la matrícula, y la educación pasa a ser concebida con un bien de carácter privado de rentabilización, asimismo, privada. Se va perdiendo paulatinamente el fin social de la educación.

Este hecho ha quedado patente en el actual debate sobre la gratuidad, y bien vale explorar el origen de los argumentos que de manera tan vehemente se oponen a ella. Y para ello me voy a permitir una cita:

“Los niveles superiores de Educación – técnica y profesional – representan un beneficio directo y notorio para los que la obtienen, de modo que no se justifica en absoluto la gratuidad de este tipo de educación; de hechom ni siquiera se justifica el subsidio parcial que hoy reciben, pues él accede principalmente a los grupos de mayor poder económico. El cobrar el real valor de la educación superior a los educando tendría grandes ventajas...”

Sospecho que hay varios que adivinan de donde proviene esta frase. Sospecho también que muchos de los que nos gobernaron durante 20 años no lo saben o quizás preferirían no saberlo. Y es que esta cita corresponde al primer párrafo del capítulo sobre educación del famoso “Ladrillo”, de Sergio de Castro, que sienta las bases de la política pública de la dictadura militar.

Esta idea ha sido defendida, guste o no por la Concertación, que pese a ser crítica de sus excesos y su medios, al final del día terminó siendo colaboradora con los fines de la dictadura, está de acuerdo con sus fines. Ejemplos claros de esto, sólo en el ámbito de la educación (porque podríamos extendernos ampliamente sobre este punto en diferentes ámbitos), son la tolerancia y complacencia con el lucro en las Universidades en los últimos 30 años, el financiamiento compartido establecido en 1993 por el entonces ministro de Educación, Jorge Arrate, la desregulación del sistema privado, etc.

Es legítimo que la Concertación pueda tener un acuerdo con la Derecha en cuanto a modelos de Estado, sin embargo lo que hay quí es un acuerdo sobre un modelo neoliberal del Estado.

Ahora bien, me gustaría hacer una pequeña pero importante prevención. He dicho en esta intervención que el que la política pública respecto a educación que tenemos hoy sea parte de una continuidad histórica es un mito, y que en la década de los 80 hay un quiebre radical con el sistema anterior. Sin embargo esto no implica que yo pretenda aquí hacer una defensa de la vieja Educación Pública del siglo XX, y aquí quiero discrepar con lo planteado sobre este punto por el profesor Bernardo Subercaseaux. Porque ésta sin duda también tenía sus defectos, principalmente en términos de cobertura y elitización  y entrar a defenderla desde una perspectiva nostálgica de que “el tiempo pasado siempre fue mejor”, implicaría un desarme respecto al presente.

En definitiva, y llevándolo a un término más concreto, los estudiantes que nos hemos movilizado los últimos años en la Universidad de Chile, después del ciclo de movilización de los 90 que tuvo como ejes la democratización interna y el financiamiento, no lo hemos hecho por una defensa corporativa de la Universidad de Chile por la Universidad de Chile. Defendemos a la Universidad de Chile, y en definitiva a la Educación Pública, porque creemos que es el espacio desde donde forjar la creatividad social, y desde ahí pensar y dialogar sobre un modelo de desarrollo nacional en virtud del interés común, proceso que hoy está exclusivamente entregado a centros de pensamiento unilaterales que no tienen ningún tipo de control democrático.

Ya no basta la apelación a la tradición y a la historia para argumentar a favor de la Educación Pública. Como una vez me dijiera un profesor a propósito del conflicto de Derecho el año 2009, “la tradición no consiste en ocupar el viejo sombrero del abuelo, sino en comprarse uno nuevo, como alguna vez hizo el abuelo”.

Nos hacemos parte y nos sentimos herederos del espíritu de la Universidad de Chile expresado en su discurso fundamente, el que sin embargo jamás llegó a realizarse de manera íntegra. Es un proyecto por completar. Por eso no somos nostálgicos pero si respestuosos de nuestra historia. Lo mismo se aplica para la UTE, y en general para el proyecto de Universidad Nacinal, integrador y modernizador.
¿Cómo realizar este proyecto hoy? ¿Cómo plantear en las actuales condiciones la vieja idea de Andrés Bello?

Para definir qué queremos ahora es necesario explicar el carácter social del conflicto actual. Tratar de realizar un genealogía del malestar, de donde viene. Y aquí otra prevención, nosotros, los estudiantes, queremos que no sea solo un malestar, porque no solo estamos indignados  (esto no es una pataleta), sini que queremos encauzar la impotencia de haber estado pateando piedras durante 30 años, a una fuerza constructiva.

En 1er lugar, para tratar de desentrañar el origen del malestar, un primer elemento a considerar es que Chile ha tenido un crecimiento sostenido manteniendo patrones estructurales de desigualdad.

La gran clase media ve en primera fila el espectáculo de la concentración del ingreso. Hubo una gran fiesta a la que no nos han invitado. Y esto lo tiene clarísimo los sectores más lúcidos de la clase política y el empresariado (Longueira, Foxley, Lamarca).

A toda esta gente le han prometido que la educación es la herramienta para combatir la desigualdad. Sin embargo a poco andar, esta misma gente, nosotros, nos hemos dado cuenta que hemos sido víctimas de una gran mentira, o al menos de una verdad a medias.

Este nuevo descontento, este nuevo malestar, no puede ser mostrado como irracional. Tiene una profunda justificación en las promesas incumplidas.

¿Pero por qué ahora?

Porque durante años a los sectores que hoy se movilizan se les impedió la expresión política. Este descontento ha tenido muy difícil la tarea de expresarse.

La transición se ha cerrado muchas veces (Mesa de diálogo, Lagos, Reforma Constitucional, Bachelet). Dependiendo del punto de vista que se mire, cualquiera de estas hipótesis puede ser cierta. Pero yo creo quelo que definitivamente caracterizó a la transición, su esencia, es la exclusión de la política de las grandes mayorías. El “no estoy ni ahi” de los 90' fue parte de un proceso de desarticulación intencional del tejido social. Antes del 2006, las generaciones jóvenes, o más bien, la mayoría de Chile, no tenía una posición sobre las instituciones. Sonaba bien el “dejemos que las instituciones funcionen” de Lagos, que escondía tras ella una imagen de la estructura político-insitucional que era absolutamente ajena a la voluntad de los ciudadanos. Era ajena a la política, por que la política era ajena a la gente.

La Concertación se había encargado profundizar el modelo instaurado a sangre por la dictadura, mientras administraba con una hábil muñeca los incipientes estallidos sociales que de a poco comenzaron a evidenciar las contradicciones del sistema.

Después del 2006 nuestra generación dejó de creer en las instituciones políticas clásicas. Porque fuimos ingenuos, y entregamos la movilización más grande que había existido desde el retorno a la “Democracia” a la “clase política”, que sin dudarlo selló su acuerdo bajo sus viejas prácticas, a espaldas del mundo social un pacto educacional que fue el prototipo del gatopardismo. Cambiar algo para que todo siga igual. Eso fue la LGE.

Producto de esta desarticulación intencionada, al movimiento le va a ser muy difícil construir conducciones racionales. Y ese es precisamente el problema que tenemos ahora, la falta de conducción.

¿En qué estamos ahora?

Absortos en un conflicto interno, que es el rogocijo del Gobierno. Hemos quedado off-side y sin iniciativa. Hay que retomar la discusión de fondo.

Y para esto, es necesario construir una una política propia que dote de racionalidad a este movimiento, lo que es tarea no sólo de los propios estudiantes, sino de todos los sectores que hoy están disconforme con el actual sistema.

En definitiva, y para ir finalizando, llegamos para quedarnos, no solo para irrumpir estacionariamente con un descontento inorgánico. Porque entendemos que lo que hoy estamos pidiendo, lo que queremos construir, no se logra de la noche a la mañana. Tenemos que pasar de la lucha gremial a la lucha política. No hay salida a este conflicto por parte de los estudiantes, hay una transformación de su carácter. Y eso implica, en términos de Gramsci, pasar de la lógica de guerra de posiciones a una guerra de trincheras.

Como decía un lienzo en un liceo tomado, vamos lento, porque vamos lejos.