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martes, 5 de diciembre de 2017

El Frente Amplio y la 2da vuelta

La declaración del Frente Amplio sobre la segunda vuelta presidencial ha causado polémica. Por un lado se acusa de ambigüedad, y por otro se nos sindica como los eventuales responsables de una derrota de Alejandro Guillier. En mi opinión, la declaración refleja de buena manera lo que fue el debate al interior del Frente Amplio después de la primera vuelta:

1-. No formaremos parte de un futuro gobierno ya que nuestro proyecto es diferente por cierto al de la derecha, pero también al de la Nueva Mayoría. Lo anterior sin perjuicio de poder llegar a acuerdos en temas determinados.

2-. Dado lo anterior no entraremos en una negociación privada ni por cargos ni por medidas. Plantearemos debate público respecto de los puntos eje de nuestro programa.

3-. Si bien ninguno de los candidatos y proyectos que se enfrentan en la segunda vuelta nos representa, reconocemos que no son lo mismo. En ese sentido coincidimos en que la derecha significa un retroceso para el país.

¿Por qué entonces no llamamos derechamente a votar por Guillier?

Porque Guillier no es solo Guillier sino también la coalición que lo respalda. Porque no podemos olvidar la aplicación de la ley anti-terrorista en la Araucanía, los ex-ministros de la Concertación de directores en las AFP's, los casos transversales de corrupción, la ley de pesca y SQM, los servicios mínimos en caso de huelga y la negativa permanente a avanzar hacia la negociación ramal, la mantención del sistema de financiamiento vía voucher en la educación pública y el incumplimiento del compromiso con las regiones para elegir a sus propias autoridades, entre muchas otras cosas.

Y es que nuestro proyecto y horizonte son diferentes, y es totalmente legítimo que así sea. Pero por lo mismo, no pueden pretender que de un día para otro tengamos el entusiasmo que a sus mismos adherentes les falta.

En los últimos días, varios integrantes del Frente Amplio, tanto dirigentes como compañeros de base, han expresado su apoyo a Alejandro Guillier en la segunda vuelta. Se han esgrimido diferentes motivos, pero el principal es evitar que la derecha llegue al poder. Está bien que cada uno exprese sus opiniones y sin duda esto está dentro de los márgenes del acuerdo colectivo al que llegamos como FA. Sin embargo yo al menos difiero de la estrategia de ir entregando apoyos individuales como cuentagotas. Creo que nuestro rol como frenteamplistas es por un lado enfrentar a la derecha y señalar, tal como expresa la declaración del FA, que esta implicaría un retroceso para el país. Pero al mismo tiempo debemos estar permanente interpelando a la Nueva Mayoría (o lo que queda de ella), corriendo sus cercos, debatiendo públicamente con nuestras ideas y programa en un ánimo constructivo pero que de cuenta también que somos proyectos distintos, que eventualmente podremos llegar a acuerdos en algunos temas sin que ello implica ni mimetizarse ni subordinación. Sumar y no ser sumados como aprendimos desde chiquititos.

En lo personal, la verdad es que yo aún no he decidido mi voto. Tengo claro que iré el 17 a votar y que no lo haré por Piñera. Pero sobre si votar por Guillier o no, lo decidiré en la recta final de la campaña en virtud de si ha recogido o no parte del espíritu de lo que planteamos al país como Frente Amplio. Como expresé en una entrevista al Desconcierto, la decisión no puede ser al calor de una suerte de subasta programática, sino más bien producto de si logramos identificar espacios de convergencia en principios compartidos. En ese sentido, yo no pretendo que Guillier sea un espejo del Frente Amplio, y sería absurdo esperar que tomara el 100% de nuestro programa, pero quiero saber con más certeza si es que él y su coalición están por terminar con el negocio de la salud o no. Si es que creen que debemos avanzar hacia un sistema público y solidario en materia de pensiones o no. Si es que descentralizar el poder en Chile es una convicción compartida en serio o no. Si es que terminar con la pitutocracia del SENAME y hacerse cargo de su crisis lo tomarán en serio o no. Si es que creen que la educación pública debe ser el eje del sistema o no. Podemos discutir gradualidades y las formas de avanzar hacia allá, pero lo importante es saber la dirección hacia donde se avanza. Y eso hasta el día de hoy, en mi opinión, esto no está claro.


En cualquier caso, nuestros desafíos, tanto como Movimiento Autonomista y como Frente Amplio son muchos. Tratarán de domesticarnos y la burocracia y el cretinismo parlamentario serán también una amenaza si es que perdemos el norte de por qué llegamos ahí. No podemos olvidar que el sentido de nuestra apuesta electoral es abrir un espacio que estaba cerrado para voces que no habían sido escuchadas, sin pretender suplantarlas. Eso implica un vínculo permanente con los movimientos sociales, un intenso trabajo territorial de nuestras organizaciones que se funda con la realidad de nuestro pueblo, una conciencia histórica que entienda que ni el mundo ni la izquierda parta con nosotros. 

La pega es mucha y estoy optimista. Pero no podemos marearnos. No va a ser fácil.

Un abrazo!










lunes, 3 de julio de 2017

Reflexiones post primarias


1-. El Frente Amplio lleva 6 meses de existencia y con solo un alcalde, 3 diputados y 35 veces menos recursos que la derecha (según los datos públicos del SERVEL) ayer se consolidó como una alternativa política seria en todo el país. Falta mucho por trabajar pero es un muy buen primer paso.

2-. El 1er desafío para nosotros ahora es consolidar el proyecto colectivo. Y en esto ayer Alberto Mayol y quienes trabajaron con él dieron una señal muy clara al ir a saludar a Beatriz Sánchez, hablar juntos y ponerse a disposición del proyecto conjunto. Más allá de las diferencias naturales de un proceso electoral, lo que nos une es mucho más grande, y que eso se haya visto claramente reflejado ayer es un motivo de gran alegría que en la vereda del frente sencillamente no tienen.

3-. Tenemos que saber conciliar amplitud y radicalidad. Solo seremos radicales si somos capaces de convocar mayorías, como lo hizo el movimiento estudiantil, Ni Una Menos y los movimientos feministas, la coordinadora No+AFP, los movimientos regionales en sus respectivos territorios. Y eso se logra siendo claros en nuestras definiciones a la vez que nos atrevemos a ir más allá de quienes ya están convencidos. No es fácil pero es necesario, y tengo la convicción que Beatriz Sánchez tiene todas las condiciones para liderar este desafío.

4-. Tenemos motivos para estar contentos por lo avanzado, pero sin autocomplacencia. Nos hubiese gustado más participación (no tiene sentido negarlo ni justificarse en malas excusas), y la derecha demostró que es un duro adversario. Tenemos mucho por crecer sin duda, pero si nos relajamos en noviembre la derecha nos gana. A no dormirnos.
5-. Las irregularidades que se dieron con personas que no pudieron votar por estar inscritas en partidos en los que no firmaron son inaceptables. El SERVEL tiene que aclarar que pasó en estos casos, y de comprobarse que hubo inscripciones fraudulentas, los partidos que las realizaron deben ser duramente sancionados. Si hay partidos dentro del Frente Amplio que hayan incurrido en esas prácticas debemos ser categóricos en la condena y evaluar sanciones. Ni un espacio a defensas corporativas.
Cómo decía un lienzo del 2011, vamos lento porque vamos lejos.
Con la esperanza intacta...





lunes, 26 de junio de 2017

Profundización democrática o restauración conservadora

Les comparto una columna que escribimos con la Secretaria General del Movimiento Autonomista (Constanza Schönhaut) sobre lo que se juega este año en el marco de las elecciones parlamentarias y presidenciales, que nos publicaron en el Clinic del Jueves 22 de Junio.



Las movilizaciones sociales que emergieron en Chile en los últimos años cambiaron significativamente el eje de la política chilena. Si el primer aviso fueron las protestas contra el CAE de Lagos-Bitar-Eyzaguirre el 2005 y la revolución pingüina del 2006, las masivas y familiares marchas contra las AFP del 2016 demostraron que cuando el pueblo se organiza es posible mover el debate público y obligar a las autoridades a tomar posición respecto del contenido de las movilizaciones. Entre medio ha corrido mucha agua bajo el puente. Desde los subcontratados del cobre que se levantaron el 2007 por ser considerados por la ley trabajadores de segunda categoría, hasta las grandes movilizaciones estudiantiles del 2011 exigiendo educación pública, gratuita y de calidad, pasando por los múltiples levantamientos regionales con distintas temáticas pero todos con el elemento común de exigir mayor poder de decisión sobre sus recursos y destinos (Magallanes, Aysén, Calama, Chiloé, Petorca, Atacama), todas han sido expresiones de una organización social que durante la transición parecía olvidada y sepultada bajo los dictados del consumo y la gobernabilidad.


Estas movilizaciones abrieron un nuevo ciclo en la política chilena, de mayor protagonismo de actores sociales que durante mucho tiempo fueron vistos por el poder exclusivamente como grupos de presión sin injerencia política propiamente tal. Pero la fuerza de las movilizaciones develó también sus límites e insuficiencias. El carácter peticionista de muchas de las reivindicaciones (“¡exigimos!”) da cuenta que aún pervive una profunda separación entre sociedad y política, que si bien se acorta cuando la primera se organiza, no resuelve el problema de la crisis actual de la democracia representativa: la ajenidad con la que la mayoría del pueblo ve a las instituciones democráticas. Lo anterior es grave porque cuando la democracia no es valorada por quienes debieran ser sus soberanos, ésta se deslegitima y su misma existencia se ve amenazada.


En el escenario arriba descrito, en Chile nos encontramos ante una disyuntiva de tremenda importancia. O profundizamos la democracia dando espacio a nuevos actores políticos que impulsen transformaciones de redistribución y socialización del poder y la riqueza o aceptamos una restauración conservadora-tecnocrática. La solidez con la que se ha desplegado la candidatura de Sebastián Piñera nos obliga a tomarnos en serio esta posibilidad.


Y es que después del fracaso del gobierno de Michelle Bachelet de intentar hacer suyas parte de las demandas sociales que se habían desplegado en los años anteriores, desde la izquierda tenemos muchas lecciones que aprender. La primera y quizás la más importante es que no se puede pretender representar a la sociedad sin la sociedad. Las reformas en educación y laboral sin la participación en serio de estudiantes, profesores ni trabajadores son errores que desde el Frente Amplio no podemos cometer. Pero no caer en la lógica tecnocrática (pensar que un ingeniero con diploma en inglés sabe más que un profesor de aula, o un técnico que no toma micro entiende mejor el sistema que alguien que pasa 4 horas al día en ellas) no es suficiente. La profundización de una democracia actualmente restringida como la chilena en un contexto de crisis de representatividad (es cosa de ver la valoración que tiene el parlamento en cualquier sondeo de opinión) requiere tomarse en serio el cambio en la forma de hacer política por parte de las fuerzas emergentes que componen el Frente Amplio. (Para profundizar en este tema ver Qué y a quien(es) representa el Frente Amplio”).


Lo que nos interesa recalcar son los signos que anticipan el carácter de la regresión conservadora que se advierte en la derecha y parte de la Nueva Mayoría. Si en los últimos años fueron los movimientos sociales los que marcaron la agenda sin aún tener representación política propia, en esta campaña presidencial pareciera que estamos en una vuelta de péndulo, en donde los poderes fácticos en connivencia con la prensa conservadora (El Mercurio, Copesa, sensacionalismo de programas de televisión) han vuelto a ser los principales agentes de articulación del debate en la esfera pública. Así por ejemplo la delincuencia, la idea abstracta de crecimiento, la eficiencia tecnocrática, el acceso a derechos como bienes de consumo sin importar el carácter de su provisión ni su contenido (la idea de “libertad de elegir”) y el estar en contra de “la calle” parecen ser parte de los ejes articulantes del discurso. No queremos decir que estos temas no tienen relevancia, sino notar quien está rayando la cancha. Ante esto, con una Nueva Mayoría ausente del debate  (al menos durante el proceso de primarias) y en franco proceso de descomposición, es el Frente Amplio, con todos los déficits propios de una fuerza en constitución, la única alternativa para hacerle frente.


Tener un antagonista claro es fundamental en política, pero es esencial que la construcción de fuerza sea en positivo, con relato y propuestas propias, y no se reduzca a la mera negación de quien está al frente.


La responsabilidad es grande, tenemos que estar a la altura.


Gabriel Boric Font
Diputado por Magallanes y militante del Movimiento Autonomista
Constanza Schönhaut Soto
Secretaria General Movimiento Autonomista

¿Qué o a quien(es) representa el Frente Amplio?

Estimad@s, les comparto una columna que me publicaron en el Clinic del 1 de Junio en la que trato de abordar el debate sobre los orígenes del Frente Amplio y qué es lo que representamos en el escenario político chileno.





La pregunta que titula esta columna es clave para poder comprender la hipótesis en que se asienta la conformación de una alternativa política nueva en Chile, por fuera de los márgenes del bicoalicionismo que ha regido los destinos de nuestro país (en matrimonio con los poderes fácticos, en particular el empresariado) durante los últimos 30 años. El proceso de elaborar una respuesta debe apuntar a ampliar nuestra convocatoria, pero por sobre todo a reflexionar al interior de nuestra propia militancia sobre los contornos de nuestro esfuerzo, su sentido más allá de los tiempos electorales, y su fuerza real para cambiar la realidad, algo que por cierto no se refleja ni en encuestas ni en editoriales.

Lo primero a señalar es que una fuerza política no surge por la mera voluntad de liderazgos que confluyen circunstancialmente en un determinado momento histórico, sino más bien ésta se constituye por las necesidades de sectores del pueblo (al menos en el caso de la izquierda) que no encuentran expresión en las fuerzas políticas que existen en determinado momento. Es el caso del Partido Radical en la segunda mitad del siglo XIX, el Partido Comunista y sus antecedentes a comienzos del XX, y por cierto del Partido Socialista en la década del ’30 (para una perspectiva histórica, recomiendo la columna del historiador Luis Thielemann, “Socialista, comunistas y clases populares en Chile: 4 notas sobre un desanclaje social y una sobre el Frente Amplio”, publicada en El Desconcierto). Es cierto que los liderazgos en estos momentos fundacionales son importantes (como negar la importancia capital de Recabarren o el influjo mítico de Grove), pero no son suficientes. Una organización política sólo es tal si está anclada en luchas sociales reales, no en columnas de opinión (por muy lúcidas que sean) o en buenos desempeños comunicacionales (por mucho que deslumbren). Sino, corre el riesgo de transformarse en un mero instrumento para un caudillo, o en efímeras siglas que serán absorbidas por otras fuerzas, o vaciadas de sentido en el marco del electoralismo que caracteriza estos tiempos. Estos son los riesgos a los que también nos enfrentamos desde el Frente Amplio, y por ello es que resulta no solo necesario sino que también urgente, cuestionarnos cuál es el sentido profundo que justifica nuestra existencia como alternativa política. 

Una de las características esenciales de la transición chilena a la democracia fue la separación radical entre política y sociedad. Al ser la gobernabilidad la primera prioridad, las fuerzas sociales que habían sido fundamentales en la lucha contra la dictadura fueron subordinadas por las elites dirigentes a este primer objetivo. Así la CUT, el movimiento estudiantil (no hay que olvidar la desintegración de la FECh después de la presidencia del actual presidente del PS Álvaro Elizalde), e incluso las organizaciones de derechos humanos fueron relegados a un segundo orden, que o bien se resignaban a los designios de los políticos profesionales, o eran desplazados hacia el estigma de la marginalidad. 

No fueron pocos los que optaron por la porfía, y pese a los adjetivos que desde el poder les colocaron, mantuvieron en alto banderas que hoy desde el Frente Amplio tomamos como posta. El Partido Comunista sin ir más lejos, fue una de esas organizaciones que resistieron la vorágine neoliberal, mientras otros antiguos compañeros de lucha se metían de lleno en la tercera vía, administraban sus inversiones y poco a poco dejaban de pensar en otro mundo posible para administrar el que la dictadura les había legado. 

Es justamente durante esa época en que a lo largo y ancho de Chile comienza a germinar un malestar. No todos habían sido invitados a la fiesta de la democracia, y los excluidos del evento comenzaban a identificarse, a organizarse. Primero fueron los obreros del carbón, después los estudiantes. Vinieron los subcontratados del cobre, y de nuevo los estudiantes. Hasta el 2006, el partido del orden tuvo la capacidad de desactivar cada una de estas movilizaciones y procesarlas en sus propios códigos. Así la reconversión de los mineros de Lota a peluqueros, así la democratización que no llegaba a las universidades. Así la ley de subcontratación con el Tribunal Constitucional legislando en vez del parlamento, así la operación para bajar las movilizaciones pingüinas que remecieron al primer gobierno de Bachelet. Todos estos fueron años de gran aprendizaje para el movimiento social, de rearticulación, organización y maduración. El 2011 la olla a presión reventó y se hizo evidente la incapacidad del sistema político de dar salida a todos los conflictos que salían a la luz después de años de gestación. Primero fue Magallanes y el gas y lo siguió rápidamente Patagonia sin represas. El movimiento estudiantil estalló en abril y tuvo todo el año en vilo al gobierno de Piñera. Freirina, Aysén (como olvidar la consigna que nos hizo repensar nuestra manera de relacionarnos: “Tu problema es mi problema”), Punta de Choros, Quellón y el agua de Petorca (más bien la falta de ella), fueron algunos de los conflictos regionales que evidenciaron que el modelo de desarrollo que tan orgullosa tenía a la elite, hacía agua por todos lados. ¡Incluso los enfermos marcharon! Ya este año, el movimiento No + AFP y su transversalidad familiar vinieron a coronar el panorama. Si a todo esto le sumamos la altísima abstención de las últimas elecciones, resulta imposible seguir haciéndose los lesos: el sistema político cuajado a fines de los ‘80s no es capaz de representar la diversidad del Chile de hoy, sus conflictos, esperanzas y contradicciones. 

Y es justamente en este momento cuando nace el Frente Amplio, y no es casualidad. El Frente Amplio nace porque los movimientos sociales desbordaron la política institucional y por la maduración de muchas organizaciones que comprenden que los ciclos de movilizaciones de carácter peticionista (“exigimos!”, “demandamos!”) no son suficientes para transformar nuestra realidad, y menos si es que le estamos pidiendo que la transformen a los mismos que la construyeron. En ese sentido, si bien el Frente Amplio no puede arrogarse la representatividad de los movimientos sociales (en ellos participa mucha gente que milita en otras fuerzas o bien que no se identifica con ninguna en particular) y por ende debe respetar su autonomía, no podemos caer en el error de crear un aparato escindido de los conflictos que nos constituyen. 

Uno de los principales desafíos de las organizaciones que componen el Frente Amplio consiste en no convertir el tiempo electoral en un fin en sí mismo, y dedicar parte importante de su energía al fortalecimiento de los movimientos sociales que lo dotan de sentido, además de abrir nuevos campos de avance social que vayan delineando a su vez una salida al neoliberalismo en positivo y no ya solo desde la negación. He ahí nuestra prioridad y el parámetro para evaluar nuestro desempeño. Si en el marco de la disputa electoral y lo que venga después, contribuimos a la proyección y articulación de los estudiantes endeudados, de los trabajadores precarizadas, de las mujeres violentadas por el solo hecho de ser mujeres (en las infinitas dimensiones en que se expresa la violencia de género), de los pobladores marginados, de los territorios convertidos en zona de sacrificio, de nuestros pueblos originarios con su propia cosmovisión, de las regiones subordinadas al centralismo, y por sobre todo de las amplias franjas de la población chilena que viven día a día la competencia desatada y la privatización de sus derechos en el neoliberalismo criollo que hoy no están organizadas, habremos avanzado como fuerza política. Si no, corremos el riesgo de convertirnos en una más de las ofertas electorales de ocasión, que transitan sin pena ni gloria por la historia política chilena. 

Nuestro potencial de transformación radica en nuestro pueblo. No podemos olvidarlo.

domingo, 14 de mayo de 2017

El Frente Amplio: política de convicción y convicción en la duda


Esta columna me la publicaron en el Clinic la semana del 8 de Mayo del 2016


A medida que el Frente Amplio se empieza a consolidar, ya no como una fuerza política alternativa, sino como una fuerza política que es alternativa de gobierno, comienzan a aparecer las críticas. Bienvenidas sean. Todo esfuerzo político serio que entra al debate público debe estar disponible para ser sometido al escrutinio y cuestionamiento público, y responder a ellos desde las convicciones y la reflexión pausada, en vez de encerrarse en defensas identitarias o acusar conspiraciones en su contra cada vez que se le cuestiona. En nuestro caso, la crítica que más se repite, en diferentes versiones (Felipe Berríos, Ascanio Cavallo, Patricio Fernández, Carmen Hertz, Gonzalo Navarrete, entre otros) es que el Frente Amplio tendría una pretensión de superioridad moral en sus juicios al resto, un puritanismo en su actuar interno y una visión a-histórica de la política en nuestro país, que estaría vinculada con la edad de algunos de sus integrantes, y por ende con la inmadurez propia de la falta de experiencia (“menos mal, que nunca la tengan…”). No son estos los únicos cuestionamientos que se nos hacen, pero bien cabe notar que en este caso, las críticas provienen en su mayoría de lo que se podría denominar el “campo progresista” (la derecha ataca desde otros frentes). En esta columna me interesa tratar de responder estas interpelaciones con un ánimo de debate, tanto hacia nuestros críticos, como también hacia el interior del Frente Amplio, para en futuras columnas abordar el contenido y carácter de lo que le estamos proponiendo al país.
En primer lugar creo importante confrontar la tesis de la “a-historicidad”. El Frente Amplio, si bien nace como tal el 2017, es producto de la maduración de muchas fuerzas políticas de diferente arraigo y experiencias (no todas universitarias como a muchos les gusta repetir), que a su vez en su mayoría están imbricadas en las luchas sociales más relevantes que han surgido en nuestro país en los últimos años. Para solo mencionar algunas de las organizaciones que componen hoy el Frente Amplio, podemos ver que si Revolución Democrática y el Movimiento Autonomista tienen su génesis en el movimiento estudiantil de la última década, el partido Igualdad nace en el marco de la reivindicación del derecho a la vivienda y la vida digna para el pueblo pobre; el partido Ecologista Verde a su vez proviene de la escuela de la ecología política; el Partido Liberal con su definición de centro reformista busca recuperar lo mejor de la tradición del liberalismo político de Bilbao y Arcos; y los Humanistas nacen durante la dictadura reivindicando los principios de la no violencia activa y la economía al servicio del ser humano.
Pero más allá de los distintos orígenes, hay que revisar las convicciones que se defienden en el sentido del vínculo con la historia reciente de nuestro país. Y aquí es importante entender que somos herederos de muchos luchadores y luchadoras sociales pasadas, que exceden por mucho los márgenes de la militancia formal en una u otra organización. Figuras señeras como Clotario Blest, Elena Caffarena, Eugenio González, Bautista Van Schouwen, Julieta Kirkwood, André Jarlan o Gladys Marín entre otras, son hasta hoy motivo de inspiración para much@s quienes hoy formamos parte del Frente Amplio. Pero incluso más allá del reconocimiento a figuras individuales, lo relevante es la comprensión que madura entre nosotros (por muy obvia que resulte vale la pena explicitarla), de que la historia ni nace ni termina con nosotros. En ese sentido la audacia e irreverencia propia de la juventud no puede desconocer el contexto histórico en que está situada. Es más, me atrevo a defender que no hay virtud en la juventud por sí misma. Como nos recordaba Allende en su discurso en la Universidad de Guadalajara “hay jóvenes viejos, y viejos jóvenes, y entre ellos me encuentro yo”. Y es que nuestro problema no es etário, es político.
Hay un problema en la crítica a la supuesta superioridad moral que ostentaríamos desde el Frente Amplio, que radica en que en ella se esconde también el negar (quizás inconscientemente), a quienes no fuimos protagonistas de un determinado período histórico, la posibilidad de tener un juicio crítico sobre el mismo (en este caso, la “transición”). Yo no creo que Boeninger, Brunner, Lagos y Bitar, por nombrar algunos (la falta de mujeres no es casualidad) sean “malos”, se hayan “vendido”, u otro apelativo moral de esas características. Mi diferencia con ellos es política y no moral, y se funda en lo que Boeninger denominó en su momento “operación legitimadora”. Esto consistía básicamente en que, pese al mandato de cambio respecto a todo lo que venía de la dictadura, el primer gobierno democrático tenía el desafío de legitimar lo que había germinado en el proceso de renovación socialista y en CIEPLAN, que era la aceptación de los pilares del modelo económico impuesto por la dictadura, y a su vez, la subordinación a las reglas del juego impuestas por la Constitución del ’80 y las negociaciones constitucionales lideradas por Viera-Gallo y Jarpa el ‘89.
El objetivo de esta columna no es, sin embargo, debatir sobre estos hechos históricos sino más bien defender el derecho de una fuerza política de tener una interpretación diferente a la que ha sido hegemónica durante los últimos 30 años en Chile (con importantes disidencias como el Chile: Anatomía de un mito de Moulián). Eso es parte de lo que representa el Frente Amplio: una visión crítica del neoliberalismo parido en dictadura y la política de regulación de sus excesos administrada por la Concertación, o derechamente su profundización como en el caso del co-pago en educación o la política de focalización de la ficha de protección social. ¿Significa esto que creemos que la Concertación y Nueva Mayoría no hicieron nada relevante? ¿Que todo lo que hicieron estuvo mal? ¿Que nosotros somos mejores que ellos? Por supuesto que no. Pero a diferencia de lo que se ha presentado como un sacrosanto dogma, tenemos la convicción de que las cosas se podrían haber hecho de manera diferente, pero por sobre todo, que pueden empezar a cambiar.
Quizás, como insinúa Ascanio Cavallo en su columna Vida y pasión del frenteamplismo, también hay algo de quiebre generacional en esta visión que se tiene del Frente Amplio. Mi generación no tuvo la oportunidad de dialogar políticamente con la inmediatamente anterior (la G90 como la llaman), porque estaban más preocupados de pedir permiso a sus mayores para ver si los dejaban pasar al escenario, por último como actores de reparto. Y no los dejaron. Nosotros no pedimos permiso pero en este salto nos ha faltado dialogar más allá de los libros. Conocer de las experiencias no solo de quienes fueron protagonistas sino también de quienes patearon las piedras (o las tiraron durante la oscura y luminosa década de los ’80). Ese es otro de los desafíos que tenemos hoy: retomar el diálogo perdido entre generaciones que quedaron separadas por un abismo de derrota, culpa, frustración y desconfianzas.
Pero por sobre todo, el Frente Amplio es una apuesta de futuro cuyo contenido está en juego. Y como nos enseñó el 2011, el futuro se enfrenta con creatividad, sin pacatería y con sentida rebeldía. Y también, aunque suene paradójico, dudando. Albert Camus decía en el prólogo a sus Crónicas que “en política, la duda debe seguir a la convicción como una sombra”. En estos días intensos que nos toca vivir, es mi frase de cabecera.